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Y… ¿Si el mundo fuera como los aeropuertos?

Y... ¿Si el mundo fuera como los aeropuertos?

Siempre me ha fascinado la posibilidad real de desayunar en una parte del mundo y cenar en el otro extremo. Para ello
están los aeropuertos, un lugar de tránsito necesario para dicho fin. Un lugar en el que se respira el respeto hacia otras forma de ver, sentir e incluso expresar la vida. Donde esas mismas vidas, se entrelazan en una mezcla inigualable.

Sin lugar a dudas los aeropuertos tienen un encanto especial, y todo aquello que tiene  carisma hay que prestarle nuestra mayor atención. Y como tal, debemos reflexionar sobre lo que aporta un espacio con tales características e incorporarlo, adaptando las cualidades de dicho lugar, a nuestra persona.

En los aeropuertos, se da una de las mayores grandezas del ser humano evolucionado y civilizado. En estos espacios, sus protagonistas a través de la mirada y con una pequeña pero sutil especie de intriga, examinan con curiosidad otras culturas. En ocasiones, observan esas diferentes formas de ver la vida, desde unos perjuicios propios inculcados e impuestos desde el nacimiento de los que ni siquiera son conscientes. Formas de ver y sentir la vida que pertenecen a culturas diferentes con situaciones cuanto menos desiguales.

Vidas, en definitiva personas de diferentes orígenes culturales, que tienen la maravillosa capacidad de mezclarse e incluso unirse por justos y nobles propósitos. Personas que en pocas ocasiones comparten espacios comunes como los que se dan en un “simple” pero peculiar aeropuerto. Personas, todas ellas, ajenas a la situación concreta del resto de individuos que comparten durante unas horas el mismo espacio ignorando, de modo inconsciente nuevamente, la diversidad de circunstancias que se dan en cada uno de ellos.

Tan solo hay que detenerse unos instantes y mirar. Abrir los ojos y observar. Apreciar la belleza que nos brinda la diversidad de las situaciones personales que se dan ante nuestros sentidos:

  • Un joven que se levanta y cede gentilmente su asiento en la sala de espera – Cada vez quedan menos personas con valores, empiezan a ser un especie en peligro de extinción – a una mujer a la que la propia vida arrebató precisamente eso, la vida. Y con ella la juventud y su salud.
  • Una joven de cabello rubio, con una especie de coleta desaliñada, solitaria, porta una mochila de color azul a sus espaldas con chubasquero violeta, que da pistas a los recién llegados de la presencia de lluvia en el exterior, pregunta en un limitado castellano si es correcta la cola de espera en la que se encuentra.
  • Dos niños, uno de ellos con nuevas responsabilidades de vida, encargado improvisado de salva-guardar el equipaje familiar, conversan, ríen y juegan entre ellos, con lo que se podría deducir ser la abuela de ambos. La entrañable abuela – Los “nuevos padres”– muestra sin pretenderlo al resto de personajes de la historia, la propia fugacidad de la vida.
  • Una pareja de jóvenes muestran y demuestran con sus constantes caricias un recién estrenado amor. Comparten hombros, en los que reposan su cansancio tras lo que posiblemente hayan sido horas y horas de fatigosa espera.
  • Un joven de unos treinta y pico con figura atlética que, con su mirada melancólica, toma nota de todo aquello que observa a su alrededor.

Detenerse y observar. Un ejercicio que envueltos en el estrés constante de la vida, frenético ritmo el que nos impone el dichoso estres, nos hemos olvidado de realizar. Un ejercicio que además de ayudarnos a conectar con nuestro yo más profundo, nos recuerda que no somos el – puto -ombligo del mundo y que nos ayuda a entender, comprender, que otra u otras formas de ver o sentir la vida pueden ser igual o mejor que la propia. Y como no, tan respetable y admirable con las demás.

Sociedad, la nuestra, que desde nuestros antepasados más arcaicos siempre a observado con desconfianza otras maneras de entender la vida. Sociedad que, en lugar de luchar por imponer su ideología, debería combatir la desigualdad, la injusticia y el abuso de un ser humano sobre otro.

Deberíamos observar las peculiaridades de aquellos espacios que crean armonía entre las diferencias, y absorber e incorporar a nuestra persona actitudes que como mínimo nos hacen ser mejores de lo que realmente somos, influenciados por sistemas educacionales partidistas que olvidan uno de los pilares fundamentales de dicha tarea: El respeto mutuo entre unos y otros y ante lo diferente.

Sin lugar a dudas, el mundo debería ser como los aeropuertos. Ecosistemas donde la diferencia, la diversidad y lo desconocido, lejos de generar desconfianza y mal estar, originan respeto y admiración mutua.

MiFaDeLoSu

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